2 jul 2009

Eterna hipocresía

Cientos de sombras contemplan mi tumba, asustados, alarmados. Ahora me adoran. Ahora perdonaron todos mis pecados. Al fin, soy el perfecto hombre bueno. Monigotes bien vestidos que momifican la sustancia de mi recuerdo. El ritual mágico proclama a mi enorme corazón como su nuevo dios. “Siempre estaba ahí”. “Siempre podías contar con él”. “Nunca se buscaba problemas”. ¿Y qué hay de cuando no estuve? ¿Qué sucede con los instantes en que eran los problemas quienes me buscaban a mí en una absurda cacería furtiva? ¿Qué pasa con el mal? Todos a mi alrededor, lamentándose, adorando mi congelada entraña mientras tan sólo un cuervo es custodio de mi juicio y atesora lo que mis fieles rechazan. Siniestra fiesta de cadáveres palpitantes ahogados en el miedo que les provoca ser los siguientes. El sol que les traspasa no posará en mí su mirada. Nadie verá que seré la luz helada anclada en las moribundas neuronas de quienes temen que la luna resplandezca más que ellos. Pero no me iré. Nunca me iré. Observaré expectante más allá del trazo, donde el lienzo se rompe y se terminan los sentidos. Mi cuerpo alimentó la hierba de mi lecho. Mis fieles incendiaron mis maldades y, arrodillados ante el fuego, elevaron las voces para que espantar al guardián de su dios: mi corazón. Tan sólo la luna quiso recoger los pedazos inertes de mi existencia, más allá de cualquier razón. Y yo, oculto detrás de la nada, nunca sabré si fue hipocresía o ley universal, balbuciendo que pudo tratarse de una historia de amor, pero al final, quien me mató, fue sólo la vida.

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