La vida se prende. Las ilusiones. Las emociones. Toda la esperanza del mundo en un niño que ni siquiera sabe que es esperar. Relaja, muere a cada segundo, mata. Pero te sumes en la profundidad de saber que aún hay tiempo. Que aún queda trayecto. Que sólo acabas de empezar. Consumes, creces, se consume. Parte puedes disfrutarlo. Parte sucede sólo. Sin que puedas evitarlo. Aprendes, piensas, hablas. El humo te sumerge en miedos, molesta, molestan. Pero aún hay tiempo. Aún queda trayecto. Te atreves, ya no importa. Sigues porque es para lo que lo encendiste: para terminarlo. Aprendes, piensas, sufres, hablas. Enseñas. Procuras inhalar una vida que te mata. Comprendes. Dudas. Continúas. Juegas con lo que no evitas, evitas jugar con lo que no entiendes. Descubres que cada vez queda menos, pero aún hay tiempo. Aún queda trayecto. Te miran. Piensan. Aceptan. Propuestas que arden. Incendios que lloran. Fuego. Sabes que se termina. Observas el trayecto. No hay rastro. Sólo humo. Ya no importa. Sigues. Yerras. Se termina. Miedo. Ansiedad. Tentas a la muerte. El fin sólo juega. Se acaba. Decides. Apagas. Y entonces, sólo entonces, resignación. Matas la vida que prendiste. Que aprendiste. Que enseñaste. No son años. Sólo minutos. Persigues. Te persiguen. Días. Minutos. Segundos. Nada. Terminó. Y justo antes de que se apague la última ascua, sabes que la vida sólo dura lo que prende. El tiempo está claro. Sólo tú decides cuantas caladas quieres disfrutar. Lo demás se consume. No son minutos. Sólo años... ¿Fumas?
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