19 abr 2008

LA LEYENDA DE SAN JORGE (2ª PARTE)


En una de las escasas noches de tranquilidad, después de una ardua jornada bélica, el Capitán se alejó del campamento para rezar en soledad. La fe del cristiano había quedado demostrada en multitud de ocasiones, pues afirmaba que Dios le protegía y, si no fuera a causa de su cercana omnipresencia, él no podría haberse convertido en uno de los mejores y más considerados capitanes del bando cristiano. Aquella noche, mientras encomendaba su espíritu a Dios, dándole gracias, un leve sonido se oyó cerca de donde se encontraba. Intrigado, giró la cabeza. Fue entonces cuando descubrió a una joven que, repentinamente, apartó su mirada de él y echó a correr, llevada por el miedo. El Capitán la siguió, advirtiéndole que no tenía por qué tener miedo. La velocidad de la joven era menor que la del cristiano, por lo que Jorge logró alcanzarla sin obstáculos y hacerla frenar. “No huyáis, no voy a haceros nada” -se aventuró a decir el cristiano. La joven guardó silencio. El Capitán quedó maravillado de la extrema belleza de la joven. Dedujo que era mora y, ni él sabría hablar su lengua, ni ella podría comprenderle. Resignado, dejó que la muchacha se fuera. Durante aquella noche, la joven mora inundó los sueños del capitán, que vio acrecentadas sus ganas de volver a verla.


A la noche siguiente, el cristiano decidió volver al lugar en donde vio a la muchacha. Al no hallarla allí, se desilusionó. Así pues, continuaría con lo que dejó de hacer la noche anterior: rezar. Y, una vez más, un ruido interrumpió sus oraciones. Era ella, esta vez sin ningún temor. Su belleza llenó la noche de un candor que hacía latir con fuerza el corazón del Capitán. Las palabras no lograrían unirles, pero sí las caricias. Permanecieron abrazados hasta el alba.
Sin embargo, el Capitán cristiano pronto conocería el secreto de la joven: era la hija del rey de Hizn Qazris, su enemigo. La joven princesa decidió guardar en secreto su relación con el Capitán, pues si su arrogante padre lo descubría, su cólera no tendría fin.

Muchas noches pasaron y muchos fueron los encuentros de los amantes. Su amor parecía eterno. Un día, estando la princesa dedicada a sus labores, su padre irrumpió en su habitación. “Hija” –dijo el rey- “A partir de mañana, tu vigilancia será continua. Podrías correr peligro. No quiero que te hagan daño.” La princesa aceptó la decisión de su padre con un temor oculto: tendría que dejar de ver a su Capitán; aquella noche, debería despedirse de él. Sabiendo la noticia, el joven Capitán no lo aceptó. Quería seguir viéndola. Jamás renunciaría a ella. Llena de dolor ante la idea de no volverle a ver, la princesa decidió entregarle las llaves de los pasadizos de la ciudad al cristiano, así podrían continuar su amor, aunque con mayor riesgo.
CONTINUARÁ...

1 comentario:

Capitan Paella dijo...

Muy buena la historia. :D A ver si la continúas.